La volatilidad y la desafección decidirán en junio
 
 

La volatilidad y la desafección decidirán en junio

 
Publicado el 25 de Abril 2016
 
 

Por Francisco Torres García

Publicado en Diario Ya

Hoy por hoy nadie es capaz de predecir, más allá de temer que no se den grandes diferencias con lo que salió de las urnas el pasado mes de diciembre, cuál será el resultado de las elecciones que en breve quedarán fechadas para el domingo 26 de junio. Encuesta tras encuesta, aunque estas ofrezcan resultados más o menos inducidos y estén más que cocinadas al gusto de los intereses de los medios que las sufragan, con pequeñas variaciones, la tendencia de voto que estas marcan es que la suma de PP+Ciudadanos podría aproximarse a la mayoría absoluta, pero también podría quedar en la misma situación la suma PSOE+PODEMOS o PODEMOS+PSOE, dado que nadie descarta que la formación morada coaligada con IU pudiera superar a los socialistas, por lo que los escaños que obtengan los minoritarios bien pudieran ser decisivos.

Ahora bien, este juego de futuribles, de cálculos realizados sobre lo que aconteció en diciembre, no es más que un débil castillo de naipes. Primero, porque se teme que la abstención, provocada por el hastío del ciudadano, pueda superar el 35% -aunque los estados mayores del PSOE y PP sigan pensando que esa variable tiene el mismo peso en el resultado que hace una década-. Segundo, porque se va a incorporar alguna que otra decena de millar de votantes que sociológicamente están próximos a los denominados emergentes a los que ven generacionalmente más próximos. Tercero, porque pocos conejos de la chistera en forma de dádivas van a poder sacar PP y PSOE para captar voto nuevo o restar al contrario (promesas como la de acabar la jornada laboral a las 18 horas me parece muy burda por más que la hinchen los comentaristas). Cuarto, porque está por demostrar que sea decisiva la artificialmente creada razón de voto para estos comicios, fijada sobre la culpabilidad política y/o personal en la repetición de las elecciones, de la que todos andan acusándose, y que va a centrar, según parece, la campaña -olvidan que esto puede conducir a no pocos a la abstención-. Quinto, porque no sabemos qué sorpresas, detenciones, escándalos y corruptelas pueden desempolvarse en el próximo mes y medio -PP y PSOE pueden ser los más perjudicados porque a diferencia de Ciudadanos han demostrado su incapacidad para actuar de forma inmediata con sus claros o presuntos corruptos-. Sexto, porque nada hace suponer que Pedro Sánchez no vaya a golpear a Rajoy con el tema de la corrupción, buscando que ello beneficie a Ciudadanos y pueda repetir, en mejores condiciones, el intento de reeditar el pacto con la formación naranja tras las elecciones, rompiendo así la posibilidad de la casi mayoría PP+Ciudadanos, consiguiendo sobrevivir políticamente. Séptimo, hasta dónde llegará, si es que se ha dado, el teórico desgaste de PODEMOS. Octavo, tanto PODEMOS como Ciudadanos tienen mayor estructura y es difícil de estimar qué incremento de votos pueden conseguir en una nueva campaña electoral en la que estarán obligados a dejarse la piel -recordemos que la campaña de Ciudadanos fue mala y que PODEMOS remontó las previsiones en la campaña-. Noveno, cómo van a influir los medios y los miedos a la hora de impulsar el voto porque parte de la batalla electoral se está librando en las tertulias. Con ser todo lo anterior importante el problema fundamental es de índole sociológica.

Sólo los dirigentes de PODEMOS son conscientes de ello, aunque su renuncia a la transversalidad para situarse en la izquierda, aunque ya podemos ver algunos intentos de recuperación dialéctica de esa idea, limite su usufructo, pero recordemos que sus dirigentes son maestros en el metalenguaje y en la seducción mediante la comunicación.

Lo que temen todos, aunque algunos esperen beneficiarse de esta situación, es la volatilidad y la desafección. El volumen de españoles que pueden variar su voto, porque estiman muerta la ideología y se mueven en los ámbitos de la gestión, las expectativas y la seguridad, que están fuera de los inamovibles electores cautivos del PP y PSOE, es cada vez más amplio, lo que implica que de uno a tres millones de votos están en juego, siendo decisivos. Volatilidad acrecentada porque el electorado menor de cuarenta años, cada vez menos identificado con las opciones PP/PSOE, no hace sino acrecentarse.

En consonancia, el fenómeno de la desafección con respecto tanto a los partidos de la Transición, al duopolio PP/PSOE, como a la clase política, parece consolidarse en el centro izquierda favoreciendo a los llamados emergentes que también recogen parte del descontento con respecto al PP. Un fenómeno que estamos viviendo, que no se sabe si es pasajero o está provocando, como muchos mantienen, un cambio definitivo en nuestro sistema de partidos que pasará de bipartidista a cuatro partidista.

Hasta hace relativamente poco la desafección se transformaba en abstención, y la abstención era soportable porque no variaba el esquema bipartidista, pero hoy la desafección se manifiesta en un voto de protesta que aún no está estabilizado en una opción, pero que en las inminentes elecciones puede arrojar síntomas de consolidación. Y nada hace pensar que, de momento, la desafección vaya a remitir pues lo que nos dicen las encuestas es que las variaciones porcentuales van a ser muy pequeñas, pero una treintena de escaños van a depender de esas pequeñas variaciones. Eso sí lo saben todos.

 
 
 
 

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