La verdad no se vota ni pasa de moda ni caduca como los yogures
 
 

La verdad no se vota ni pasa de moda ni caduca como los yogures

 
Publicado el 19 de Dicember 2016
 
 

Es para mí un placer y un honor haber recibido la invitación de presentar este libro, "España no se vota" en la sede de este partido político, Alternativa Española, por el que tanta simpatía y respeto siento desde el momento en que lo conocí, que si mi memoria no me falla, debió de ser no mucho después de su mismo nacimiento. A aquella vieja redacción de Radio Intercontinental de Madrid llegó en cierta ocasión un sobre, con los colores de la bandera de España, y alguien lo rompió y tiró a una papelera. Pero nada que tenga el rojo repetido y el amarillo puede pasar desapercibido para Rafael Nieto, y al coger ese sobre, arrugado y un poco roto, y leer la propaganda que había dentro, descubrí un proyecto que parecía serio y a unas personas que no parecían políticos profesionales. Era el año 2005, y una llamada a José María Carrera me trajo a la radio a Luis Fernando Rute, que en paz descanse, primer responsable de AES al que entrevisté. Después conocí a Rafael López Diéguez, a Alberto Pascual, al mismo José María, a Mar Hurtado, a Paco Torres, a Pepe Corbacho... Con todos ellos tuve la suerte de hacer "La quinta columna", un programa inolvidable, quizá el primer programa de radio políticamente incorrecto de verdad, no como los que hoy se autotitulan así. Desde entonces ha llovido bastante, pero siempre he mantenido por Rafa López Díeguez y por este partido, AES, un respeto y un cariño bien merecidos, por su honestidad, su patriotismo y su visión de España y de la Fe, que comparto al 100%.

Pero hoy me han invitado a dar una pequeña charla aquí, en este aula que lleva el nombre nada menos que del profesor García Morente, lo que me impide, por pudor, considerarme a mí mismo un conferenciante. Serán sólo unas líneas para explicar un poco el por qué de este libro, el por qué de mi vocación de "periodista patriota" y por qué creo que se puede ser periodista y patriota, y no morir en el intento, en una España desvencijada, acorralada y casi, casi, hecha trizas por una casta partidista verdaderamente infame que se ha hecho con el control absoluto del Sistema, o para ser más exactos, que ha creado este Sistema de tal forma que lo pueda controlar en todo momento, sin que queden apenas resquicios de una auténtica libertad basada no en el relativismo liberal, sino en la Ley Natural y en la Moral objetiva.

Al igual que el profesor García Morente, este periodista también experimentó en un momento de su vida una conversión, si bien nada hubo en ella que pudiéramos comparar con el "hecho extraordinario" que narró tan emotivamente el insigne catedrático. Lo que sí propició aquella experiencia personal de acercamiento intenso a la Verdad que emana de Cristo fue un compromiso eterno con ella, una persecución constante y permanente de la verdad, y llevado esto a mi condición de periodista, un empeño incansable por conocer la realidad de las cosas y trasladarla a mis públicos con fidelidad y honestidad. En eso ha consistido mi trabajo en los últimos lustros, y así he tratado de reflejarlo tanto en mis programas de radio como en la etapa en que dirigí la edición digital del Diario YA, que seguro ustedes conocen.

Sin embargo, no soy ingenuo y sé que actuar de esa manera, poner solamente a Dios y a tu conciencia como únicos referentes en el trabajo periodístico, choca con los mantras del liberal-relativismo, con las modas de la posmodernidad y, por si eso no fuera poco, con el control enorme y constante que los poderes fácticos ejercen, o intentan ejercer, sobre todo aquel que escribe en prensa, habla en la radio o pone su imagen ante una cámara de TV. Aquí debo decir que en mis más de 20 años de ejercicio de la profesión, he tenido la suerte de que nadie ha movido una sola coma de un texto mío, ni me ha obligado a borrar un párrafo, ni he recibido amenazas o presiones lo bastante fuertes como para tener que modificar algo que yo quisiera decir. También es cierto que siempre he hecho lo posible por trabajar allí donde podía suponer que tendría, como así ha sido, la suficiente libertad e independencia, que después, en el día a día, hay que saber defender con seriedad, humildad y responsabilidad.

Tener ese compromiso constante con la Verdad significa que hay, como digo, mantras y modas que no solamente no puedes compartir ni propalar, sino que debes combatir con todas tus fuerzas y con las armas que se te permite usar en este oficio. No nos basta a los católicos con ser meros espectadores de un espectáculo a veces bochornoso que no nos gusta; se nos pide también, nos lo pide nuestro Padre del Cielo, remar en la buena dirección y coger "el cubo y la pala" para ganar el Reino de Dios. Cada vez que este periodista escribe un editorial, hace una entrada del informativo “Buenos días, España”, redacta un artículo para el Diario YA de mi querido Santi Velo, lo hace para poner una semillita, seguro que pequeña y que parece insignificante, para que las generaciones de ahora y de las que vengan tengan un país y un mundo mejor. No mejor en cuanto a progreso material, que de ese ya tenemos bastante. Mejor en cuanto a más fiel al mandato que nos dejó Nuestro Señor y que, todavía hoy, sigue siendo la propuesta más revolucionaria e incluso más eficaz para lograr la paz y la hermandad de los pueblos.

Se puede, por tanto, sí, ser católico y periodista en la España oscura, agnóstica, atea, liberal-relativista, descreída y no creyente de hoy. Se puede, bien es cierto que no en todas partes ni de cualquier manera, pero se puede, y este humilde periodista es una prueba. Y les digo más: se puede también ser patriota y periodista en esa misma España en la que, el PP y el PSOE sobre todo, han perpetrado un Sistema político en el que la adoración a las urnas es la única religión que parece oficial. Un sistema que ha puesto unos objetos rectangulares de metacrilato en la hornacina de nuestra hedionda democracia parlamentaria, sacando a empellones no solamente a los santos, sino al mismo Dios al que ya sólo se nombra en las más altas instituciones, desgraciadamente, para insultarlo.

La Patria es hoy, gracias a esos dos partidos que cité, a la siempre amoral izquierda política y a los enemigos declarados de España (separatistas de todo pelaje y algún castrado mental), el refugio de los fachas. La democracia que nos trajo la adorada Transición, aquel proceso modélico en el que no hubo muertos pero donde se planificó cuidadosamente el estercolero político que hoy sufrimos, se ha encargado de que hoy nadie pueda decir de sí mismo que es un patriota sin que le tilden de nazi, nostálgico, retrógrado o franquista. Los que nos emocionamos al ver ondear nuestra bandera, llevamos un cinturón rojo, amarillo y rojo, o simplemente experimentamos una noble emoción al sentirnos españoles de corazón y sentimiento, somos la hez de la piel de toro, la excrecencia inevitable de una dictadura atroz que, según sus detractores, sumió a España en el atraso y el aislamiento. Hoy, muchos de esos detractores, cómodamente sentados en escaños que sólo han ganado con sucias componendas de partidismo barato, han conseguido lo que nunca se vio en este país: que familias de clase media se tengan que asomar a los cubos de la basura para ver si alcanzan una barra de pan. O que haya mujeres, ya de avanzada edad, muchas de las cuales llaman a Radio Inter, para decir que este año tampoco podrán encender la caldera porque no les llega para calentar la casa, y que se tienen que arropar con mantas para poder ver la televisión. Es la España demócrata del siglo XXI.

Yo siempre he dicho en mis programas de radio, y está recogido en varios de los editoriales que contiene este libro, que uno ha leído lo suficiente, y ha estudiado lo suficiente, no para añorar regímenes del pasado que simplemente han sido superados por el paso del tiempo, pero sí para hacer un juicio justo de ellos. Negar que durante el franquismo, una vez superadas las inevitables quiebras que toda guerra civil produce en una sociedad, se tenía por la Patria y por la sagrada unidad nacional mucho más respeto que el que hoy le muestran los actuales gobernantes, sería como negar que ahora mismo es de noche. Y es necesario subrayar, aún a riesgo de resultar incómodo, que hemos sido nosotros los españoles, en conjunto y que se salve el que pueda, quienes con nuestro voto hemos consentido, apoyado y permitido este esquizofrénico expolio de lo mejor que teníamos. Esta renuncia a los más nobles sentimientos, a los valores y principios que nos convirtieron en ejemplo y referencia para otras civilizaciones.

Esos valores y principios, el derecho inalienable a la vida y a la protección de la vida humana desde el mismo momento de la concepción hasta su fin natural, la familia tradicional que sólo puede nacer de la unión en matrimonio de un hombre y una mujer, las raíces cristianas que sostienen la civilización occidental (que es tanto como decir "a Europa"), la consideración de España como "tierra de María" y como freno de ideologías y civilizaciones invasoras y aberrantes durante muchos siglos, esas pocas verdades eternas, esas afirmaciones que hoy escandalizan a los "papas" de lo políticamente correcto, siguen siendo válidas para muchas personas que hoy, sin embargo, nos vemos en franca minoría. Que hemos sido expulsados groseramente del debate público. Que nos sentimos ajenos y casi extranjeros en nuestro propio país, porque el control social lo ejerce una izquierda siempre pujante y agresiva, que nunca dejará de ser lo que siempre fue, y una derecha liberal progresista, la única a la que se ha permitido crecer, que no solamente ha “dejado hacer”, sino que además ha colaborado con entusiasmo en el proceso de lavado de cerebros colectivo que comenzó unas horas después de la muerte de Franco. Unas horas después o bastantes días antes, quizá nunca lo sepamos del todo.

Otros compañeros de profesión, a los que inevitablemente siempre les irá mejor que a mí (aunque yo no me quejo de nada), prefieren ignorar a esa parte de la sociedad española y europea que sigue creyendo que no todo vale, que sigue creyendo que hay un Padre y Señor Todopoderoso que es el Único ante el que hay que postrarse de rodillas, esa parte de la sociedad a la que no han engañado con planteamientos mentirosos que buscan la destrucción de la Ley Natural y de la Moral objetiva. Esos compañeros, algunos de los cuales trabajadores de empresas en cuyo accionariado está presente la Conferencia Episcopal para más INRI, colaboran, consciente o inconscientemente, en ese proceso diabólico. Ellos y sus empresas se alimentan, a su vez, de los favores, monetarios y de los otros, que los próceres del Sistema les dan, en justo premio a su fidelidad y complacencia. Todo a costa de la Verdad. Todo a costa de ignorar aquello que muchos saben que es cierto. Todo a costa de despreciar a una minoría silenciosa que se agarra con fuerza a la Fe de Cristo y a las esencias patrióticas de España, para mayor halago de esa otra parte de la sociedad que ha aceptado mansamente la mentira institucionalizada y el adoctrinamiento más aberrante.

Allá ellos. No me dedico a decir a los demás lo que deben hacer. Dios ha colocado dentro de nuestras molleras un cerebro, bien es cierto que no todos con la misma luz, pero sí con la suficiente como para poder ver y conocer la Verdad que emana de Él. Los compañeros de oficio que, hoy como antes, igual en 2016 que en aquellos años de la Transición en que se gestó todo, prefieren el dinero a la Verdad, la componenda al compromiso y la propaganda a la información, quizá algún día tengan que hacer una pequeña reflexión ante el espejo, o ante el Sagrario. Montañas más altas cayeron. Ni Manuel García Morente daba un céntimo por su propia conversión unos minutos antes de que ésta se produjese.

Desde el mismo día en que decidí que quería ser periodista, publicando mi primer artículo en la revista “La Gregoria”, que se editaba en el Instituto Gregorio Marañón, donde cursé mi bachillerato, con apenas 15 años, tuve claro que nadie manejaría mi bolígrafo. Nadie que no fuese Dios o mi conciencia. Después, con el paso de los años, conocí a hombres que han sido mi referencia e inspiración: Antonio Izquierdo, Antonio Gibello, Rafael García Serrano, Ismael Medina, Alfonso Paso…, aquella generación irrepetible de maestros del articulismo que, ya fuera en el diario El Alcázar, que conozco mejor por mi tesis doctoral, o en otros que he conocido más ligeramente, supieron ser periodistas siendo antes patriotas, conjugando su amor a España con las condiciones básicas que debe cumplir siempre todo aquel que escribe o habla en un medio de comunicación: el respeto a la Verdad y la honestidad a la hora de exponer lo que uno piensa. Sin tener que convencer a los que piensan distinto, pero sin ocultar las propias convicciones para no incomodar al político o mandatario de turno.

Cuando tuve el inmenso honor de hacerme cargo de la dirección de Sencillamente Radio, honor que le debo a la generosidad y confianza de mi amigo Gerardo Sanjurjo, productor del programa, me prometí a mí mismo seguir haciendo lo que siempre he hecho en esta profesión, en realidad desde antes de empezar a estudiar la carrera, en plena adolescencia. El Señor, en su inmensa bondad, nos da continuamente herramientas para que hagamos de nuestros talentos, sean éstos muy elevados o muy escasos como los míos, la herramienta para poder evangelizar. Yo recogía una tradición de más de tres décadas de emisión semanal en Radio Intercontinental, y una línea editorial clara e inequívoca, que comenzó con el maestro Miguel Vila y que Eduardo García Serrano llevó a las cotas más altas de audiencia e influencia. Esa línea editorial se ajustaba como anillo al dedo a esas pocas verdades que yo siempre he intentado defender con ahínco.

Desde hace cuatro años, cada domingo, procuro ser sincero y honesto con lo que pienso, pero sobre todo procuro conocer la Verdad de los temas que trato, sabedor de que sólo acercándome todo lo posible a la Verdad, podré ser más justo en el juicio. A veces no es posible conocer toda la verdad de las cosas, pero lo que no es admisible en un comunicador es el desprecio del intento de conocer la verdad por todos los medios que uno tenga. Vivimos en una sociedad donde nadie habla de la verdad; el relativismo reinante se ha encargado de ensuciar y emponzonar esa palabra maravillosa, que nos remite al evangelio. Cuanto más se ignora y se denigra a la Verdad, más empeño pongo yo en conocerla y en ponerla en valor, en presentarla tal y como la he conocido para poder después comentarla o analizarla según mi humilde criterio. Eso es para mí el periodismo, y eso es para mí la radio.

Cuando me siento a redactar los editoriales del domingo, jamás pienso en si lo que escribo gustará o no gustará en La Moncloa, en la Zarzuela, en la calle Génova, en Ferraz, o en la sede de Podemos, que no sé si será un descampado para botellones o un garito de la calle Huertas. Me trae completamente sin cuidado lo que piensen los políticos sobre las cosas que digo. Doy por descontado que no les gusta, a ninguno, o a casi ninguno. Tampoco escribo, y lo he dicho en alguna ocasión, para dar gusto a los oyentes. Muchos de ellos se enfadan cuando me meto con el partido al que votan, casi siempre con la nariz tapada. Es más fácil que ellos se cansen de taparse la nariz que me canse yo de decir lo que pienso.

Tengo la enorme ventaja y la suerte de que no escribo al dictado de nadie, y de que no le debo nada a nadie.

Sólo a Dios, a mi familia y a mis amigos. Naturalmente puedo estar equivocado, y habrá domingos que esté especialmente torpe, porque a veces duerme uno mal, te ha sentado mal la cena, o el zumo de naranja te ha hecho polvo el estómago, en fin, por mil razones. Pero nunca, jamás, porque alguien me haya dicho lo que tengo o lo que no tengo que decir. Ni el productor del programa, que por no saber no sabe ni el tema que voy a tratar cuando me saluda el domingo por la mañana en la puerta de la radio, ni la dirección de la emisora, que siempre nos ha dado libertad absoluta, ni por supuesto ningún responsable político. Lo digo sin ninguna prepotencia, pero con la necesaria firmeza: no ha nacido el político que pueda meter sus manos en los editoriales de Sencillamente Radio.

El libro que hoy presentamos aquí, ESPAÑA NO SE VOTA, tiene un título suficientemente elocuente, y tan claro como intento que sean los editoriales que lo integran. En esa apresurada selección de ellos lo que digo es que, efectivamente, hay realidades y verdades que no se pueden votar, que no dependen de la voluntad ni de la opinión de las mayorías ni de las minorías, porque simplemente son realidades y verdades eternas. Como Cristo y nuestra Fe, como nuestra amada Patria, como la dignidad de todas las personas, que proviene de Dios. Ninguna urna puede desdibujar o corromper una realidad preexistente, y no hay una legitimidad democrática que supere la legitimidad de origen de aquello que sabemos que es cierto. Por eso Dios no se puede votar. Y por eso España no se vota.

Y como ha sido este partido, Alternativa Española, el que me ha invitado a pronunciar este intento de conferencia, no perderé la ocasión de decir alguna palabra sobre este proyecto político.

Muchos oyentes llaman a Sencillamente Radio reclamando la unidad de los partidos patriotas. No es un asunto tabú, y entre otras cosas es algo que he hablado algunas veces directamente con Rafael López Diéguez y Alberto Pascual, así como con dirigentes de otras formaciones que podríamos considerar “amigas”, dentro de que cada una de ellas puede tener un perfil ligeramente distinto a las demás. Esos oyentes reconocen que no votan a AES ni a esos otros partidos extraparlamentarios porque creen que eso es “tirar el voto”, porque nunca conseguirán gobernar, ni siquiera probablemente llegar a las instituciones con algún escaño. Y reclaman un Frente Nacional, como el que existe en Francia por ejemplo, capaz de plantar cara al PP y de empezar a recuperar el terreno perdido durante los últimos lustros de liberal-relativismo.

Cuando llaman y dicen esto, les reconozco, queridos amigos, que no sé muy bien qué decirles. Porque sé que, al contrario de lo que puedan pensar esos oyentes, no son razones puramente espurias o de personalismos o egoísmos, las que hasta ahora han impedido la formación de eso que podríamos llamar “frente nacional español”. Sé, porque me consta, que hay razones de fondo, ideológicas y políticas, razones de peso e importancia, las que hacen que el “voto patriota” siga quedando disperso, dividido en decenas de pequeñas formaciones que muy pocas veces consiguen poner un alcalde o un concejal en alguna población, por lo general de escasa repercusión pública. Esa división y dispersión del voto patriota redunda en un aumento, cada vez más evidente, del voto útil o voto del mal menor, verdadera lacra del Sistema, que denuncio siempre que puedo, porque como he explicado en alguna ocasión, creo firmemente que constituye una clara adulteración de la legitimidad democrática.

Nuestro sistema democrático es un sistema representativo y parlamentario. Si uno vota a un partido que no le representa solamente para que no gobierne otro con el que coincide menos aún, no está votando en conciencia con lo que cree que es lo mejor para el Bien Común, y desde ese punto de vista se puede decir que está votando de manera muy poco legítima. Pero desde otro punto de vista, tampoco podemos ignorar que muchas de esas personas tienen un miedo, que es entendible aunque no se pueda defender desde planteamientos puramente filosóficos o teóricos, a que la llegada al poder de fuerzas de extrema izquierda, que todos conocemos, acaben con lo poco que queda del Estado del Bienestar, nos conduzcan a la ruina y acaben incluso con el sistema público de pensiones. Esto que digo, estos temores, son expresados continuamente por los oyentes de Sencillamente Radio, muchos de ellos personas mayores que se agarran como un clavo ardiendo al partido de Mariano Rajoy, porque tienen un miedo cerval a que gobierne Podemos. O Pokemon, como le llaman algunos oyentes.

Y yo tengo que recordar que hubo un español allá por finales de los años setenta, un prestigioso notario, que fue capaz de llegar al Parlamento y de hacer sonar, por primera y única vez, una voz patriótica en las entrañas mismas de la sede de la soberanía. Aquel español se llamaba Blas Piñar, y no tengo ninguna duda de que ahora mismo lo tiene Dios en su Gloria. Yo he dicho en nuestro programa de radio que Blas Piñar ha sido el único patriota español que se ha sentado en el Congreso de los Diputados desde la muerte de Franco hasta hoy, y naturalmente lo repito y lo reitero.

El fundador de Fuerza Nueva supo aglutinar a los mejores hombres de la recién iniciada Transición, a aquellos que tenían un inequívoco sentimiento patriota, que no es que fueran franquistas, no; es que, sabiendo que Franco estaba muerto y no iba a volver, creían, como creemos todavía algunos, que hay realidades muy rescatables de aquel régimen que siguen valiendo, que valían a finales de los setenta y que valen hoy en 2016, por lo que les decía al principio: porque encierran verdades eternas, y porque la Verdad no se vota, ni pasa de moda, ni caduca como los yogures.

Blas Piñar encabezó una coalición, Unión Nacional, que se presentó a las elecciones generales de 1979, cuatro años después de la muerte de Franco. Esa coalición estaba formada por Fuerza Nueva, Falange Española de las JONS, Círculos doctrinales José Antonio, Comunión Tradicionalista, Asociación de Jóvenes Tradicionalistas y Confederación Nacional de Ex Combatientes. Obtuvo 378.964 votos. Casi 400.000 votos, en plena época de la llamada “eclosión de las libertades”, el destape, las mieles del liberalismo y todas esas cosas. Con esa voz, la de Blas Piñar López, España se enteró de cosas que jamás habría escuchado dentro del Parlamento español. Con aquella simple pero honorable voz, España supo que no todo estaba perdido, y que los conductores del proceso democrático no iban a tener a 350 señores sentados allí, aplaudiendo obviedades, o lo que es peor, aplaudiendo falsedades sobre las que después se han asentado verdaderas aberraciones políticas, como el intento de ruptura de la sagrada unidad nacional. Habría, como mucho, 349.

 

Blas Piñar defendió en el Congreso de los Diputados lo que hoy no pueden defender Alternativa Española, ni las distintas Falanges, ni otros partidos muy respetables, porque el Sistema les pone todas las trabas posibles para que no lleguen allí, incluido el veto de la mayoría de medios de comunicación, pero también, y debo ser sincero al expresarlo así, porque hoy nadie ha tenido aquella visión,  aquella determinación y quizá también aquella generosidad de saber poner unos determinados intereses colectivos al servicio del Bien Común y de una determinada idea de España.

No diré que es fácil conseguirlo. Seguro que no fue fácil hacerlo a finales de los setenta. Hoy probablemente sea más difícil aún. Pero también estoy seguro de que hay una parte de la sociedad española que merece un esfuerzo similar al que hizo en su día aquel español insigne, al que hoy, por cierto, se ignora o se descalifica desde casi todas las tribunas, cuando surge la ocasión. En frase que se atribuye a A. Einstein: “como no sabía que era imposible, lo hice”.

En todo caso, se logre esa unión o no, sí quiero hoy, ya para finalizar, volver a agradecer a Alternativa Española la hospitalidad de habernos recibido esta tarde en su sede madrileña, dejando que traigamos este libro, ESPAÑA NO SE VOTA, con el que sé que las buenas gentes de este partido se identifican en un porcentaje muy alto. Gracias también a Rafael López Díeguez, por su amistad y por haber dedicado tantas horas y tantas preocupaciones, me consta, tantas horas robadas a su familia numerosa y a sus obligaciones profesionales, para hacer realidad este proyecto político, esperemos que dentro de poco de nuevo presente en las urnas cuando haya elecciones. Gracias igualmente a Alberto Pascual, por las mismas razones que acabo de enumerar en el caso de Rafael, y en fin, a todos los que trabajáis en silencio, sin salir en los medios, en lo escondido, que es como le gusta a Nuestro Señor. Construyendo la España del futuro, que estoy seguro de que será muy diferente a la que tenemos hoy.

Y gracias a todos los que habéis querido venir este tarde a esta presentación, con este frío ya invernal. Faltan pocos días para que nazca el Niño Dios, con la Buena Nueva que eso supone para el conjunto de la Humanidad. No nos dejemos vencer por el príncipe de las Tinieblas, que siempre habita en la mentira, en el egoísmo y en las mezquindades de lo cotidiano. Sepamos ser humildes y estar abiertos a una permanente conversión, y tengamos para ello el ejemplo luminoso y emotivo del profesor Manuel García Morente.

Yo sólo espero que este libro que hoy presentamos aquí sea un acicate motivador, incluso en su pequeñez, para no dejar de buscar la Verdad cada uno desde el lugar que le corresponde.

 

 

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