El discurso del rey
 
 

El discurso del rey

 
Publicado el 04 de Octubre 2017
 
 

A estas alturas nadie ignora cómo Jorge VI se tuvo que preparar con un fonoaudiólogo para anunciar la declaración de guerra a Alemania en 1939. Felipe VI, que pronuncia mejor que su padre, no ha tenido que recurrir a este tipo de ayuda, pero sí a un grupo de calculadores de la palabra.

 Naturalmente Felipe VI no ha ordenado nada, ni ha declarado guerra alguna, carece de competencias para ello (no es el Capitán General con mando efectivo). Tampoco puede anunciar medida alguna ni indicarlas (constitucionalmente carece de esas atribuciones). Sin embargo, algo tenía que decir ante la ruptura de la legalidad que él mismo ha jurado defender, pero el ilustre “mudo” se ha tomado su tiempo para romper su silencio. Lo ha hecho como el gobierno, a posteriori de los acontecimientos y, según mi opinión, obligado por las circunstancias. Por una situación que comenzaba a afectar a la credibilidad de la propia corona cuando no pocos se preguntaban: ¿Dónde está Felipe VI?

 Cada uno ha leído las palabras del Jefe del Estado como le convenía: desde los que defienden que ha sido un apoyo a la aplicación sin contemplaciones de la ley (en teoría no podría ser de otro modo cuando se acusa de ilegalidad a la Generalidad, se indica que su actuación es inadmisible y de que actúan contra la democracia, pero con mucho cuidado a la hora de dejar caer que el horizonte de Puigdemont y compañía es la cárcel, son desleales pero no delincuentes); a los que opinan que, al final, después de las “duras palabras”, su discurso se cierra con una apuesta por el “entendimiento”. Ese “entendimiento” que la Sexta, que lleva días, por silencio gubernativo, dándonos la versión oficial de lo que está sucediendo en Cataluña manipulando la realidad al servicio de una operación política de largo alcance que nos quiere llevar no a la república catalana sino a la república, ha presentado como una invitación al diálogo y la negociación (lo que es mucho interpretar en ese sentido pero no en otro). Para no pocos ha habido decepción, porque solo han sido palabras, sin atisbo de solución alguna. ¿Qué esperaban?Para los separatistas, como el que oye llover, y esto es lo importante, porque lo que diga el rey a ERC, a la CUP, a los de IU y al mariachi podemita de la Colau, les trae al pairo porque ellos no quieren rey ¡A ver si nos enteramos!

Dejando a un lado la interpretación del dictamen de lo sucedido (no podía decir otra cosa Felipe VI salvo real tomadura de pelo) cabría recordar que el Jefe del Estado no puede decir lo que quiera, que su discurso es fruto del acuerdo con el gobierno, cuando no es el gobierno el que lo prepara. No voy a decir que el Jefe del Estado haya dicho lo que al gobierno le interesaba, ni haya actuado siguiendo sus intereses, pero... Analicemos:

 

a)       El primer destinatario del discurso -quizás el destinatario real- ha sido el denominado “nacionalismo moderado”, “separatismo moderado” en realidad -amenazar a ERC o a la CUP es inútil-, las “determinadas autoridades”. Por vía del Jefe del Estado el gobierno ha reiterado la “amenaza” que llevamos oyendo meses y meses, que se les aplicará la legalidad si no abandonan su idea de proclamar la independencia. Sin mención directa algunos han interpretado que es el apoyo del rey a la aplicación del 155. Y los españoles se preguntan: ¿cuándo? ¿es solo una amenaza sin voluntad de aplicación?

b)       El segundo destinatario han sido los españoles que se están cabreando para que se estén quietecitos, no salgan a protestar, no se desmanden, que estén tranquilos..., o salgan cuando se les movilice convenientemente controlados,  con el guiño medido del “no estáis solos”. Pero en esto también coincide con los intereses de un gobierno que comienza a temer que se produzca una ruptura entre el PP y una parte de su electorado que es necesario, como en otras ocasiones, reconducir. Eso sí, ni una palabra de apoyo para los que defienden esa legalidad con uniforme (¡Hasta ahí podríamos llegar!); que son los que tendrán que aplicar, con violencia, esas medidas que Felipe VI sugiere que se adoptarán si se llega a esa situación límite que tampoco se ha precisado cuál es en el discurso.

c)       Lo más inquietante, entre líneas, es, en consonancia con el gobierno, esa insistencia en que todas las propuestas caben dentro de la Ley, hasta defender la independencia y supongo que la república; que la Constitución y el Estatuto son y pueden ser la garantía de las instituciones históricas de Cataluña. Frases en las que se encierra la oferta de diálogo si abandonan la declaración de independencia que se anuncia para este fin de semana, pero con el mismo límite que establece por ahora el gobierno: que el derecho a decidir es de todos los españoles (lo que no aceptan ni los de Puigdemont, ni los nacionalistas, ni ERC, ni IU, ni el BNG, ni Colau y el mariachi podemita, ni la CUP...).

Naturalmente no iba el Jefe del Estado a disentir de la interpretación oficial de que lo que se está produciendo es un ataque a la democracia, cuando en realidad lo que se está produciendo es un ataque a la unidad de España con la que el rey afirma encontrarse comprometido.

Pero, ¿por qué ha salido Felipe VI hoy sabiendo que va a unir su suerte al éxito, fracaso o empate de Mariano Rajoy? Básicamente por  cuatro razones: primera, porque la neutralidad de poco le sirve  a la Corona cuando una maniobra amplia tiene como objetivo implantar la República en un camino no muy distante al proceso de abril de 1931; segunda, porque el gobierno está viendo cómo Pedro Sánchez está cambiando de bando para sumarse a la operación republicana y necesita un refuerzo dado que el PSOE no es un todo monolítico (Pedro Sánchez había sido acusado poco antes de deslealtad); tercero, porque es el único recurso que le quedaba en la recámara al gobierno para intentar desactivar la inminente declaración de independencia para ganar tiempo y que el Parlamento catalán ante la amenaza opte por convocar elecciones plebiscitarias; cuarto, porque en función de lo anterior mañana podría ser peor que hoy.

El problema es que para nacionalistas, separatistas, izquierdistas diversos, anticapitalistas y demás, Felipe VI no es el Jefe del Estado sino un cero a la izquierda al que quieren enviar al exilio.

  Francisco Torres

 
 
 

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