Deporte, negocio e inmoralidad
 
 

Deporte, negocio e inmoralidad

 
Publicado el 22 de Mayo 2015
 
 

Hoy, la lealtad al club o sudar la camiseta por los colores son valores condicionados por el dinero.

Me indigna la riada de millones que se pagan por los traspasos y fichajes de determinados futbolistas o por unos salarios absolutamente desorbitados. Sólo con los treinta y cinco millones de euros brutos que va a cobrar uno de ellos se podrían pagar 35.000 salarios de trabajadores mileuristas.

Una sociedad que permite, acepta e incluso asume sin protestar esta realidad, cuando los concursos de acreedores se incrementan un 200% con respecto del año pasado, cuando la mayoría de los seis millones de desempleados son de larga duración –la mayoría ya no percibe el desempleo y sólo algunos la mísera pensión no contributiva–, cuando dos millones de familias no ingresan nada, cuando muchas familias españolas están viviendo a costa de la raquítica pensión de sus padres y cuando el índice de pobreza está creciendo dramáticamente, es que esa sociedad es víctima de un profundo deterioro moral. Y el deterioro moral se hunde en las raíces de nuestra actual situación de crisis.

Durante el régimen del general Franco, se decía que la pasión futbolística de los españoles era el “opio del pueblo” inoculado desde el Gobierno para distraerle de otros temas políticos y sociales; que se programaban los partidos para evitar las protestas. Los rojos, como se autodenominaban en la Universidad, invitaban a cambiar el fútbol por una tarde de debate en la que rularían porros y alcohol, pero hoy aquellos rojos hoy autodenominados progresistas callan, quizás porque han visto una solución para tapar sus actos de corrupción en aquel “opio del pueblo”.

La realidad es que entonces aquella pasión tenía mucho de vocación a ambos lados de la línea de campo. A los jugadores, por lo general, los veíamos crecer desde el banquillo; se apoyaba al club por el mérito y el esfuerzo. El orgullo estaba en aquel jugador vasco, andaluz, madrileño o catalán que deslumbraba y que habitualmente había pasado por los alevines de su club. Estaba extendida la idea de lealtad al club, de sudar la camiseta por los colores. Hoy, mucho me temo, esos valores deportivos están condicionados por el dinero. En la venta millonaria de jugadores se queda el alma y la identidad del club. Hoy las posibilidades de éxito de un club son directamente proporcionales al monedero de su presidente, no al buen hacer del club.

Hay mucho de inmoralidad en todo ello, tapada por la pasión de la competición y la ingenuidad de la afición sincera, pero también de “pan y circo” cuando los partidos son omnipresentes. Estoy seguro que alguien pondrá orden en este desmán, confío plenamente en el buen hacer de la LFP y en su cúpula directiva y al igual que en otros países y para otras disciplinas se pondrá sentido común en esta situación.  
 
Rafael López-Diéguez
 
 
 

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